por Rocío Munizada
Cada 8 de marzo y durante todo el mes corremos el riesgo de refugiarnos en cifras y consignas que, de tanto repetirlas, terminan por resultarnos cómodas. Sin embargo, el momento actual nos exige una honestidad incómoda ¿en qué estamos invirtiendo realmente cuando decimos que invertimos en mujeres?. Y más importante aún, ¿quiénes
estamos disponibles a ceder poder para que esa inversión sea sostenible?
Hoy el debate urgente no es ya no es solo cuánto financiamiento llega a nuestros
proyectos o cuántas logramos romper el techo de cristal para ocupar un puesto
directivo. El foco debe estar en las condiciones estructurales que siguen limitando
nuestras trayectorias: esa distribución desigual del tiempo que nos agota, la carga
mental que no nos suelta, la penalización constante por la maternidad y la
precarización de los cuidados. Porque la brecha de género es, también, una
brecha temporal.
Hemos ganado visibilidad, es cierto, pero ahora el desafío es la sostenibilidad. No
nos sirve de nada ocupar espacios de decisión si el precio que debemos pagar es
nuestro bienestar o nuestra vida personal. Invertir sin transformar la estructura que
sostiene, especialmente la de cuidados, es una apuesta incompleta.
Invertir en mujeres es redistribuir tiempo, poder y reconocimiento. Es revisar
culturas laborales que aún se organizan en torno a la idea de un “trabajador ideal”
sin responsabilidades domésticas. Necesitamos garantizar que nuestra incidencia
en las decisiones estratégicas sea real y no solo una presencia simbólica para la
foto.
Es hora de que dejemos de romantizar nuestra resiliencia. Durante años se nos ha
aplaudido la capacidad de "hacerlo todo", pero esa resiliencia no es más que
nuestra respuesta ante el abandono estructural. Invertir no es exigir adaptación
infinita, es financiar condiciones que permitan desarrollar nuestro talento sin
agotamiento.
Este mes de marzo, el debate debe desplazarse desde la intención hacia la
transformación, de la campaña publicitaria a la coherencia diaria. Invertir en
mujeres no es una acción reputacional ni una cuota que cumplir, sino una decisión
estratégica, económica y, sobre todo, ética.
La pregunta ya no es si se debe invertir en mujeres. La pregunta es cuánto
estamos disponibles a transformar para que esa inversión no dependa de nuestro
sacrificio personal, sino que se traduzca en derechos, en bienestar y en un poder
que sea, de verdad, compartido.
