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El empoderamiento importa Lo último Mujer y actualidad

El camino hacia el autoempoderamiento femenino

por: Genias

"El empoderamiento importa" es la campaña que desde Genias estamos impulsando para conmemorar el 8M. Una fecha que invita a la reflexión y a concientizar sobre una serie de temas que cruzan la vida de las mujeres en todo el mundo. Esta vez nosotras quisimos hacerlo en torno a este concepto tan fundamental para que sean ellas quienes definan su propia historia y así, poco a poco, avanzar hacia la equidad de género. 

Comenzamos por el autoempoderamiento o empoderamiento psicológico, como lo llama Daniela Rosenberg, psicóloga, magíster en Desarrollo Organizacional y coach con mención en Liderazgo. Un acto que lleva a las mujeres a empoderarse consigo mismas, a romper barreras y decidir sobre sus vidas. 

Se trata de la dimensión "Yo mujer", una de las tres que midió la Primera Encuesta Nacional sobre Empoderamiento Femenino, realizada por Genias y SemSo, que busca tomarle el pulso al autoconocimiento en las mujeres, su confianza en sí mismas, su autonomía financiera y relación con los demás. 

Acá, Daniela profundiza sobre la definición del concepto de empoderamiento y autoempoderamiento, en qué hemos avanzado y los retos que quedan por delante. 

¿QUÉ SIGNIFICA PARA TI EL EMPODERAMIENTO EN LA MUJER?

Hay muchas definiciones del empoderamiento, todas ellas lo que tienen en común es el proceso del “no-tener” al “tener poder”. Al ser tan amplio ha tenido diferentes significados en la historia, desde los años 20, que tenía un foco principal en los grupos más vulnerables de la sociedad, luego en los 60 en el feminismo y ya desde los años 90 se empieza usar en diferentes contextos, individual, grupal y comunitario.

La siguiente frase me gusta porque engloba la mayoría de sus facetas: Rappaport (1984) “El empoderamiento implica un proceso y mecanismos mediante los cuales las personas, las organizaciones y las comunidades ganan control sobre sus vidas”. Como tal, no es un estado absoluto del estar o no empoderada, sino que es un proceso que para cada persona presenta diferentes desafíos, obstáculos y recursos.

En el caso de las mujeres hay dificultades particulares al género y que, en muchos casos, en mayor o menor medida, son compartidas.

Sin duda el empoderamiento tiene una faceta que es la de entregar “poderes” o facilitar recursos, como, por ejemplo, entre muchos, sensibilizando el cambio de los estereotipos de género en las familias y colegios, interviniendo en la orientación profesional y la educación docente, e instalando políticas públicas y prácticas empresariales más inclusivas.

EN ESA DIRECCIÓN, ¿EN QUÉ HEMOS AVANZADO?

Se ha avanzado en reconocer y fomentar las cualidades de las mujeres como claves para una sociedad inclusiva. Sin embargo, aquello que se ha reconocido principalmente son aquellas características que se ajustan al estereotipo de género tales como la amabilidad, la conciliación, la empatía, la capacidad de cuidar, el respeto, entre otros. Todo esto es claramente muy importante, sin embargo, aún falta reforzar que las mujeres también tienen habilidades para trabajar bajo presión, pueden ser seguras de sí mismas, independientes, expresarse con firmeza, entre muchas otras usualmente vinculadas al género masculino.  

Otro avance ha sido desde las ciencias a través de estudios actuales que, si bien reconocen que hay pequeñas diferencias biológicas entre los sexos relacionadas en gran medida por las hormonas (por ejemplo la oxitocina, que promueve el cuidado y la afiliación en el caso de las mujeres, y la testosterona, que tiene que ver con cualidades de competitividad y motivación en los hombres) o también por cerebros femeninos con mayor predisposición para la empatía y la colaboración, hay muchos otros estudios que muestran que los contextos impactan en los niveles hormonales (por ejemplo, mujeres en cargos ejecutivos y hombres que destinan más tiempo al cuidado de los hijos) y también muchos otros que muestran cómo los estilos de crianza afectan en las conductas e intereses de los niños y niñas. En definitiva, es la socialización de los roles de género, el comenzar a familiarizarse con estos conocimientos ha ido permeando en diferentes ámbitos de nuestra sociedad generando avances importantes en principios educativos, políticas públicas y empresariales, en las comunicaciones, entre otras.

En cuanto a las comunicaciones, un ejemplo pueden ser las redes sociales, las que pueden servir como grandes herramientas para expandir estos nuevos conocimientos, sin embargo, por otra parte, pueden también reforzar estereotipos de género, como, por ejemplo, mostrando a la mujer como objeto de atracción (o rechazo). Creo que es importante estar atentas al efecto que tienen las RRSS en nuestra sensación de autenticidad y en la de otros. Ya que si buscamos empoderarnos necesitamos que las RRSS sean herramientas para lograr nuestros deseos y proyectos, y no nosotras convertirnos en herramientas de ellas.

¿Y QUÉ RETOS NOS QUEDAN POR DELANTE? 

Como psicóloga, creo que aún podemos avanzar mucho en el autoempoderamiento o empoderamiento psicológico. Esta arista se complementa con el empoderamiento social que resulta fundamental, sin embargo, no es suficiente si las mujeres adoptamos una actitud de víctima y no trabajamos sobre nuestros recursos internos como la confianza en nosotras mismas y el autoconocimiento para tomar decisiones conscientes y así lograr nuestros objetivos (bienestar, empleabilidad, entre otros). Esto no significa que seamos “culpables” de lo que nos ocurre, porque claramente hay factores que escapan de nuestro control (como la educación que tuvimos, familia en la que nacimos, estereotipos culturales) sin embargo, sí somos responsables de lo que hacemos con ello, del cómo nos posicionamos frente a las experiencias de vida, cuáles son los pensamientos que reforzamos y las creencias sobre nosotras mismas.   

Aún queda mucho espacio para poder disminuir varias barreras que a nivel personal nos impiden tomar mayor control sobre nuestras vidas. Voy a explicar un poco más dos de ellas que se presentan significativamente más elevadas en las mujeres.

La primera es la autocrítica. Desde una perspectiva evolutiva explicada muy bien por el psicólogo Paul Gilbert, quien explica cómo los animales competimos para obtener recursos (comida, sexo, cobijo), por lo tanto, desde nuestros orígenes, como seres humanos nos hemos comparado con otros “más poderosos” en base a nuestras debilidades y fortalezas. Monitoreando nuestro comportamiento para ver si obtenemos recompensas o castigos, registrando qué nos funciona. Frente a los más poderosos, no podemos mostrarnos muy confiados porque creerán que los estamos amenazando y nos podrían atacar, e, incluso, en ocasiones, los que se perciben más débiles buscan deleitar al más poderoso para reducir las posibilidades de ataque, inclusive controlando las reacciones de enojo para que no nos vayan a atacar de vuelta. Con el tiempo esto ha ido evolucionando y ahora competimos siendo más atractivas socialmente y así ser incluidas. Por lo tanto, cuando nos sentimos poco atractivas, poco inteligentes, poco capaces, el pensamiento es que no vamos a ser aceptadas y que seremos marginadas. Y, por lo tanto, activamos nuestro sistema de amenaza. Sentimos miedo de estar solas, de no ser suficientemente queridas o deseadas.

Aparece también un miedo profundo a fallar, a defraudar las expectativas de los otros, exacerbado en las sociedades occidentales altamente competitivas en donde justamente necesitamos ser valoradas para sobrevivir. Cuando la autocrítica aumenta (no solo en lo que nos decimos a nosotras mismas, sino que también en cómo nos lo decimos), activamos nuestros patrones de sumisión.

¿Por qué nos criticamos? Algunas razones principales:

  1. Creencia de que si no somos autocríticas o somos demasiado buenas con nosotras entonces seremos flojas, nos dejaremos estar y no vamos a ser lo suficientemente buenas. Sin embargo, la investigación muestra que al activar nuestros sistemas de amenaza, liberamos más cortisol, hormona del estrés, y con ello menos rendimiento…
  2. Creencia de que si lo reconocemos antes, entonces podemos anticipar un problema.
  3. E incluso algunos casos de personas que son altamente críticas consigo mismas, su sentido de identidad está principalmente ligado a estas características negativas. ¿Quién sería yo entonces?

La segunda es la vergüenza que aparece ante el perfeccionismo. Y el perfeccionismo no es esforzarse por dar lo mejor de sí o buscar la mejora personal, sino que es creer que si vivimos de forma perfecta, actuamos perfectamente y nos vemos de manera perfecta, podemos conseguir aprobación y aceptación. Y de esta forma vamos perdiendo oportunidades por miedo a ser imperfectas, decepcionar y fracasar. Muchas veces quedándonos paralizadas en la rumiación mental. Hay evidencias de estudios en que se muestra cómo el perfeccionismo y la autocrítica han ido aumentando en las últimas décadas. Las investigaciones de una de las mayores expertas en este tema (Brene Brown) señalan que a las mujeres lo que más les avergüenza es expresar en voz alta sus opiniones e ideas. El problema es que mientras más nos ocultamos, vamos socavando nuestra sensación de lo que valemos y de autoestima, llevándonos a extremos como la depresión, conductas adictivas, resentimiento e incluso enfermedades físicas. 

Un claro ejemplo de esto es el síndrome de la impostora que ayudó a difundir Michelle Obama. ¿Has sentido que te sobrevendiste en la entrevista de trabajo y que ahora que conseguiste el trabajo no estás tan preparada como pensaste? ¿Asocias tus logros con la suerte o con el hecho de que otras personas merecen más reconocimiento que tú? Este término fue acuñado en 1978 por dos psicólogas estadounidenses, Pauline Clance y Suzanne Imes, y hace referencia a ese sentimiento persistente de que no eres lo suficientemente buena, que no perteneces, o que no mereces el trabajo que tienes.

PARA CONCLUIR, ENTONCES, ¿CÓMO MEJORAMOS?

En el proceso de autoempoderamiento, además de tomar conciencia de las barreras que mencioné anteriormente, podemos, entre muchas cosas, reconocer nuestro propósito y fomentar espacios de autoconocimiento.

Por ejemplo, la asertividad es un recurso personal que podemos desarrollar y que ayuda en el proceso de empoderamiento. La asertividad es la capacidad para mantener relaciones de igualdad, defendiendo nuestros propios intereses y necesidades como igualmente importantes que las de los demás. Saber decir que no, saber pedir, saber negociar… Decir que no muchas veces supone respetarnos a nosotras mismas. En varios casos nos cuesta ser asertivas porque hemos aprendido desde niñas a ser condescendientes como una estrategia para enfrentar los conflictos o tomar decisiones, por lo tanto, no solo nos cuesta establecer nuestros límites y expresar lo que queremos y necesitamos, sino que además reconocerlos.

En respuesta a estas dificultades y en pos de lograr nuestro propósito aparece la fortaleza de ser auténticas. Esta autenticidad se refleja en las decisiones que tomamos cada día, como decidir ser honestas y mostrarnos tal como somos. Cuando nos abruma la vergüenza o la crítica interna, nos podemos traicionar y comportarnos de acuerdo a la persona que creemos quieren que seamos.  En una sociedad altamente exigente, puede ser una tarea difícil, pero no imposible, y requiere de tres tareas principales:

  • Ser valientes para reconocer que somos imperfectas/os y vulnerables
  • Reconocer que todos y todas estamos hechos de esfuerzos
  • Nutrir la conexión con otros y el sentido de pertenencia

Otra forma para acercarnos al empoderamiento es el uso del lenguaje. Recordemos que el lenguaje no solo es transmisión de información, sino que nos permite construir, cocrear, desarrollar nuevas ideas, debatir. Podemos hacernos cargo y responsables de cómo transmitimos nuestras ideas y pensamientos.

Muchas veces nos expresamos verbalmente desde un lugar limitado, pasivo e incluso victimizado. Esto afecta en nuestra autoconfianza para tomar decisiones y poder de influencia.

Algunos ejemplos de frases que puedes comenzar a poner en práctica:

  • “No doy más con esta persona” (negando la posibilidad de generar un resultado distinto) v/s “no he aprendido a relacionarme con esta persona”.
  • “La actitud de Juan me da rabia” v/s “cuando Juan se pone sarcástico, siento rabia” (al mencionar que siento te estás haciendo cargo con una emoción propia.
  • “Me fue mal en la reunión” (cerrando opciones de mejorar) v/s “no logré lo que buscaba en la reunión”.
  • “Es imposible llevarse bien con esta persona” (totalitariamente ya estás quitando toda posibilidad y no considerarás posibilidades distintas) v/s “no soy capaz o me cuesta” de llevarme bien con esa persona (y cuando eres consciente de que falta capacidad, entonces nos abrimos a aprender).
  • “Tengo que llamar” v/s “voy a llamar” o “quiero llamar para…”, porque el tengo tiene la connotación de obligación, y cuando hacemos algo por obligación resulta más difícil trabajar en eso, fluye menos. Además, el voy a… implica ponerse a la acción.

Por: Genias

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