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COLUMNA: LAS VUELTAS DE LA VIDA DE MARÍA JOSÉ BUTTAZZONI

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Siempre he sido muy soñadora y de mente inquieta, pero la verdad es que nunca me imaginé ni soñé nada de lo que estoy viviendo y haciendo.

Me iba muy mal en el colegio, tenía y sigo teniendo déficit atencional. Durante gran parte de mi etapa escolar tuve que tomar Ritalín todos los días, aunque no servía para nada porque igual me desconcentraba y veía la teleserie Topacio -por la ventana de la sala-, en la casa de la vereda del frente. Todos los fines de año estaba al borde de repetir y tenía que hacer intensivo de profesores particulares para pasar de curso. Me iba pésimo y daba bote en la mayoría de los ramos del colegio. Pero me iba muy bien en arte, técnicas manuales, inglés y música, solo que penosamente, son ramos y materias desvalorizadas en la educación tradicional.  Algunas profesoras tenían la poco pedagógica idea de entregar las notas de las pruebas por orden, de mejor a peor, y por supuesto que la mayoría de las veces yo era la última, o una de las tres últimas. Pero siempre tuve muy claro que quería ser educadora de párvulos, y en la universidad no fui la lumbrera, pero me fue bien.

Soy muy dispersa además, en cuanto a cosas que me gusta hacer. Todo me atrae. Podría ser chef, diseñadora, paisajista, jardinera, cantante o todas las anteriores. Esta dispersión fue lo que me llevó a vivir a Nueva York y a estudiar actuación en “The New York Film Academy”. Vivir en una ciudad como esa, te abre la cabeza de montones de formas. Te hace una persona muy tolerante y respetuosa con las diferencias y moldea tu cerebro desarrollando al 100% tu capacidad de adaptarte a todo, reconfigurarte, reinventarte e innovar todo el tiempo. Durante esos años, me casé con un gringo, Nick, y fui mamá de dos niños. Hoy ya son cuatro. Mis días transcurrían entre distintos lugares pensados para ir a pasar el día con tus hijos, donde ellos podían jugar libremente o tomar diferentes talleres. La mayoría de esos lugares estaban pensados y diseñados especialmente para niños. No eran lugar adaptados o con remodelaciones al tres y al cuatro. Eran pensados desde cero para las necesidades de los niños y sus familias. Un ambiente que nunca me tocó ver en Chile, por lo que empecé a pensar en la idea de hacer algo parecido acá… que se juntó con la posibilidad de venirnos a vivir a Chile. Primero me reuní con los dueños de uno de estos lugares, que era mi favorito, para ver la posibilidad de traerme la franquicia, pero la verdad es que no tenía mucho sentido por que requería cumplir un contrato muy poco flexible, y pagar “fees” demasiado altos. Por lo que decidí hacer algo parecido, por mi misma.

No tenía idea de cómo hacer un proyecto de negocio, por lo que bajé de la página web de Harvard, una guía de cómo comenzar a preparar tu “Bussiness plan”. Empezaron a aparecer términos como “Elevator Pitch”, “Canvas”; demasiado ajenos y matemáticos para esta porra. Pero logré armarlo y presentárselo a quienes serían mis futuros inversionistas. Luego encontré una socia y luego la casa en que hoy funciona Ombú. El primer año de un emprendimiento es durísimo, lloraba por lo menos una vez a la semana y me cuestionaba si había tomado una buena decisión. Tienes que aprender de todo, de cómo liderar un equipo, cómo administrar el lugar, servicio al cliente, solucionar imprevistos, contratar y despedir personas. Y de repente, uno comienza a descubrirle el ritmo a lo que hace. Te aprendes el latido de tu negocio y empiezas a navegar más tranquila. Siempre van a haber nuevos desafíos y problemas que solucionar, pero tu negocio se hace parte de tu vida. Siento que el éxito que hemos tenido con Ombú, tiene que ver con haber innovado en un área que no se había renovado en años y con la propuesta de un gran proyecto educativo. Y también con la capacidad de formar un equipo a otro nivel. Puras mujeres empoderadas, potentes, creativas, esforzadas y lo más importante, con pasión por educar. Hoy tenemos más de 100 niños y planeamos crecer en el 2020, agregando otras áreas dentro de Ombú, para facilitar la crianza y apoyar cada vez más a mamás y papás que trabajan y crían.

Y a lo largo de estos años he ido descubriendo una veta emprendedora que no sabía que tenía. Me mueve tratar de innovar en mi rubro. Me acuesto pensando qué cosas se pueden hacer mejor, qué elementos debemos cambiar para estar sintonizadas con los tiempos que corren. Desde esta misma inquietud se engendró el libro “Niños, a comer” y Soki, con diferentes socias. Estos dos últimos emprendimientos han sido grandes desafíos. Por suerte, en cada proyecto que me he embarcado, he elegido grandes socias con quien compartir un sueño, una pasión y el trabajo que requiere sacar adelante un proyecto. Emprendería mil veces, porque es un desafío demasiado entretenido, pero tiene un costo alto ya que cada emprendimientos o idea es como un hijo más. Soy mamá de 4 niños, por lo que debo compatibilizar -como todas las mujeres-, estas dos áreas de mi vida; aspecto nada de fácil, donde la mayoría de las mujeres dejamos el alma para tratar de hacer todo bien y aminorar la culpa que significa trabajar en lo que te apasiona, sin dejar de lado ni descuidar a los tuyos. Aunque creo que tenemos una capacidad inmedible de hacer mil cosas a la vez y hacer malabarismo con turnos, colegios, vacunas, reuniones, cumpleaños, dentista, vida de pareja, vida familiar y además intentar andar lindas.

 

Aún soy desconcentrada y dispersa, pero he aprendido a encontrar herramientas para ayudarme en las cosas que más me cuestan. Y cuando algo me motiva, me aparece una especie de motor y adrenalina que me cuesta apagar. Si tuviera que dar un consejo a las mujeres que tienen la inquietud de empezar su propio negocio, les diría que no lo duden ni por un segundo. Incluso si una idea no resulta, el aprendizaje que ocurre en el proceso, no se aprende en ninguna universidad.

Somos una comunidad de mujeres creativas que aman lo que hacen. Queremos ayudarte, darte herramientas, datos, y todo lo necesario para que seas feliz y lo pases bien en tu trabajo. En Instagram: @genias.cl